jueves, 17 de mayo de 2012

Adelante


Tu pasado puede frenarte. Viejas amistades que a veces refrescan la herida en vez de hacerla cicatrizar. Huellas de todos esos errores de los que no te arrepientes pero que sigues viviendo sus consecuencias todos los días. Te frena. Duele como el mismo infierno. No te permite avanzar y cometer nuevos errores y obtener nuevas victorias. Estás dentro de un molde que no te deja limar todas esas asperezas y astillas para tu continua evolución. Tus estereotipos pesan toneladas. Te sigues definiendo por las mismas características que te definían hace años. Sigues reviviendo miles de antiguos corajes, saboreando unas cuantas viejas glorias, todo por el vil recuerdo de tus amistades, lugares frecuentados.

Lávate la cara. Empieza de nuevo. “Mi nombre es...”. Reinicia. Puedes mejorar y puedes aprovechar esas experiencias. Valora tu camino recorrido. Échale un vistazo, pero no te quedes viéndolo. Te hará tropezar. Mira hacia adelante, busca las montañas, el aire fresco, el sol. No eres tú sin tu pasado, pero no te harás alguien mejor reviviéndolo todos los días. Estás a tiempo. Te queda el resto de tu vida por delante.

miércoles, 11 de abril de 2012

Por qué te daría mi voto, Enrique

¿Por qué te daría mi voto? Porque estoy cansado. Cansado de malos gobiernos. Mis abuelos y mis padres se cansaron de setenta años de mal gobierno y mi generación está cansada de doce años de mala alternancia. ¿Por qué? Seamos sinceros: estamos peor a como nos dejó el último presidente priísta. 

Te soy sincero: se que eres mediocre, pero se también que los otros tres candidatos son igual de mediocres que tú. ¿Por qué votar por ti entonces? Porque tuviste la suerte de postularte en una época 'parteaguas' para el país.  Nunca antes habíamos tenido un potencial de crecimiento tan grande como el que tenemos hoy en día. ¿Qué falta? Reformas estructurales. Ahí es en donde entras tú.

 Tienes la enorme ventaja de que tu partido de dinosaurios es mayoría en la Cámara de Diputados y Senadores (algo que, sin duda, continuará en la siguiente Legislatura). Tienes también la mayoría de estados gobernados por el PRI. Tienes TODO para hacer ALGO por TU país, por MI país, por el país de TODOS nosotros que nos hacemos llamar mexicanos y que con sinceridad nos duele ver las condiciones en las que se encuentra México en la actualidad.

 Te diré: no me agrada la conclusión a la que he llegado, pero si voto por algún otro candidato –independientemente de que si éste gana o no– estoy consciente de que no es solo un voto desperdiciado, sino que es también un sexenio echado a la basura y cientos de miles de oportunidades de crecimiento mandadas al carajo por tu mismo partido retrógrada y jurásico.

 Espero que sepas lo que significa votar por ti cuando yo soy uno de los pocos que no se dejan engañar por tu perfectamente manejada imagen y tu excelso equipo de campaña.  Estamos entre la espada y la pared y, sorprendentemente, tú pareces tener la única solución.

martes, 1 de noviembre de 2011

Mármol


¿Qué quería decir con aquello? ¿Era un adiós? O tal vez un capricho de ella (que a fin de cuentas, éramos jóvenes aún). Se le daba el drama. Toda natural, como actriz. Si no la conocieras dirías que sus lágrimas son reales y profundas. Parecía como si se derritiera en llanto, acabando en el suelo, mejilla en el piso, manos nerviosas completamente desarmadas, ojos rojos.  Era un lloriqueo hermosamente estético. ¿Pero qué iba a hacer yo? No soy de “unirme a la pena que le embarga a su familia por esta dolorosa pérdida”. Sinceramente nunca he sido un apegado emocional, y no iba a comenzar ahora, con aquella chillando como loca en el piso ese de mármol tan precioso. Ella manchándose de lágrimas, y hundiéndose en la claridad de la piedra trabajada que se iba mojando de sal.

Y como decía, no soy de mucha sensibilidad. No le veo lo poético al asunto. Es de gente vulnerable y de actores llorar. ¿Que qué hice? Me di la vuelta como robot y di pasos oxidados rumbo a la puerta, volteando a verla dos, tal vez tres veces. Ridículo. Le quitó dramatismo a mi partida. Pero ¡cómo no voltearla a ver si era una maestra para llorar! Daban ganas de sentarse y disfrutar cómo aquello se desenvolvía y se hundía entre la piedra, el agua y la sal, con un ritmo pausado y un vals de fondo.

Porque la amo. No me importa su ridícula actitud, no me importa su natural tendencia a lo hipócrita, no me importan sus lágrimas tan amargas que buscaban camino hacia afuera. La amo tanto que volteé a verla dos, o hasta tres veces. Subí al auto tan pronto tuve las ganas de cerrar la puerta con fuerza.

¿Habrá sido un adiós? Ya ni recuerdo de qué peleábamos. Jóvenes, a final de cuentas. Tan malo estoy de la memoria que no sé cuántas veces la volteé a ver. Qué hermoso lloraba, Dios mío. Esos chorros de agua corriendo de sus ojitos plateados y brillantes que me seguían y se reflejaban en aquel piso. Qué lindo era el mármol.

Llego a casa, estoy cansado y no quiero pensar en nada. Subió las escaleras con andar pesado, rechinando rodillas y mandíbula. Oxidado se sentía. Olvidado. Esos dos ojos que destellaban luz roja de a ratos.

Los chorros de agua salada marcaban el paso. El lloriqueo daba ritmo. Ese hipar nervioso que iba acelerando la marea. Goteras en su cuarto, goteras en su cama. Tres de la mañana y despierta sudando frío a ritmo marcado. Vuelve a dormir.









Aquello me sorprendió, debo ser sincero. No me esperaba tal reacción. Desperté en la madrugada, sudando con un ritmo pausado tipo vals, levanté los ojos a la pared y vi ese piso de mármol, ennegrecido por el mar de hipo y de suspiros actuados que lo cubría. Cayó todo aquello con un pestañeo y un chasquido rojo, y fue el fin del ritmo, fin de la discusión.

martes, 18 de octubre de 2011

El hombre ama la irracionalidad. Cobra placer de sus incongruencias. Se siente satisfecho de hilvanar un pensamiento ajeno a su modus operandi. ¿Quién no se ha sentido así? Creo fielmente en la causa de cada persona. Todos tenemos algo que hacer. Yo tengo cosas que hacer. Cosas complejas. Y no las hago porque cometo errores. Cometo estupideces. Creo en los errores autoinflingidos. Yo provoco mis errores para sentir que domino mi destino. Qué tremendo es arruinar un éxito propio. Es delicioso ver cómo todo va cayendo con singular lentitud a tu alrededor. Todos esos pilares que te costaron sangre y sudor cayendo como árboles en un huracán de paranoia mental. Sientes aquel terror de acabar con lo que sea y que no te vayas a quedar con nada. Estás a la expectativa de que un nuevo comienzo te sentará bien. Conforme con destruirte, con destruirlos, con destruirla. Tremendo.

Fuerte, ese sentimiento que te invade, que te limita. Aunque quieras, lo arruinas. Como este texto. Lo arruinas.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Tiemblo

Me empeño en verte por la comisura de mis de  dos.

  Aunque sea poquito, me asomo entre mis manos como a pena do.

    Primero tiemblo, luego volteo los ojitos.

miércoles, 31 de agosto de 2011

poder y voluntad

Son aquellas veces en que sientes que se te cierra la garganta. Esa cosa que te asfixia, que te muerde y te hace pedazos. Ese sol que te golpea y te sigue dando de sonoros fusilazos hasta que no queda nada de ti. Eso que te quema, que te rasguña los adentros, que te arranca la piel, dejándote al rojo vivo. Reconocer que todo aquello por lo que luchas no es futil, pero saca lo más anémico de ti. Esos retos que te saben, te conocen y te destruyen. No ves nada, y te das de golpes contra aquella pared henchida de traumas, de dolores y fracasos. Aquellos corajes e inutilidades que hierven en el corazón y en la cabeza, listos para verterse en todo tu cuerpo como sangre envenenada, recordándote qué es lo que te domina. No eres tú, no es la sociedad. Y él sabe que sufres. Y él te ve ahí, todo débil y desamparado, gritando y pataleando, pidiendo milagros. Ahí entra la chispa, saber que debes hacerlo tú. Estás aquí, donde te toca vivir, donde están tus demonios y tus ángeles también. Ahí quedó aquél, el que todo ganó y nunca se esforzó, pero que todo lo obtuvo a pulso. Lo único que queda es el concepto de felicidad al que nos aferramos.

domingo, 14 de agosto de 2011

aquellas veces que no hay de qué escribir


Me recargo en mi asiento de la sala de espera en el aeropuerto buscando una manera de mejorar estéticamente mi caligrafía. Veo las noticias sin concentrarme, volviendo mi atención a los diferentes acentos que mi mente alcanza a detectar:

¿Qué decís? Can we get some water before the plane arrives? Chingao, se me quedó el regalo en el hotel.